En el artículo anterior vimos cómo Sócrates convirtió el reconocimiento de la ignorancia en el punto de partida del pensamiento. Saber que no sabemos es una forma de humildad intelectual, pero también plantea una pregunta inevitable: ¿qué hacemos después? ¿Cómo debemos vivir y decidir cuando el mundo sigue siendo incierto?
Epicteto y los filósofos estoicos ofrecieron una respuesta profundamente práctica. No intentaron eliminar la incertidumbre ni prometieron una forma perfecta de anticipar el futuro. Su propuesta fue otra: aprender a distinguir entre aquello que depende de nosotros y aquello que no. En un mundo cambiante, esa distinción podía convertirse en una forma de serenidad.
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