David Hume y la incertidumbre: ¿por qué creemos que el futuro se parecerá al pasado?

En los artículos anteriores hemos visto distintas formas de enfrentarse a la incertidumbre. Sócrates nos enseñó a reconocer nuestra ignorancia, Epicteto a aceptar lo que no controlamos, Sexto Empírico a suspender el juicio, Al-Ghazali a desconfiar de las conexiones causales aparentes, Santo Tomás de Aquino a ordenar los grados del conocimiento y Pascal a convertir parte del azar en un problema de probabilidades y decisiones.

David Hume plantea una dificultad todavía más profunda. Casi todas nuestras predicciones suponen que las regularidades observadas en el pasado continuarán en el futuro. Pero ¿qué justifica esa confianza?

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Blaise Pascal y la incertidumbre: decidir sin tener certezas

En artículos anteriores hemos visto distintas formas de enfrentarse a la incertidumbre. Sócrates nos enseñó a reconocer nuestra ignorancia, Epicteto a aceptar lo que no controlamos, Sexto Empírico a suspender el juicio, Al-Ghazali a desconfiar de las conexiones causales aparentes y Santo Tomás de Aquino a distinguir entre diferentes grados de conocimiento.

Blaise Pascal aporta un cambio decisivo. La incertidumbre no solo puede aceptarse u ordenarse: en determinadas situaciones también puede medirse. Sin embargo, Pascal comprendió que calcular probabilidades no elimina la necesidad de decidir ni convierte la vida humana en un problema matemático perfectamente definido.

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Santo Tomás de Aquino y la incertidumbre: ordenar lo que podemos saber

En los artículos anteriores hemos visto distintas maneras de enfrentarse a la incertidumbre. Sócrates nos enseñó a reconocer nuestra ignorancia, Epicteto a aceptar lo que no controlamos, Sexto Empírico a suspender el juicio y Al-Ghazali a desconfiar de las conexiones causales que creemos observar.

Santo Tomás de Aquino aporta otra respuesta: no todo lo que creemos se sostiene con el mismo grado de certeza. Algunas afirmaciones pueden demostrarse, otras solo resultan probables y otras quedan fuera del alcance de la razón humana. Gestionar la incertidumbre consiste, en buena medida, en aprender a distinguirlas.

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Al-Ghazali y la incertidumbre: ¿podemos confiar en las causas?

En los artículos anteriores hemos visto distintas formas de enfrentarse a la incertidumbre. Sócrates nos enseñó a reconocer nuestra ignorancia, Epicteto a aceptar lo que no controlamos y Sexto Empírico a suspender el juicio cuando faltan razones suficientes.

Al-Ghazali introduce una nueva pregunta, especialmente relevante para la predicción: cuando observamos que dos acontecimientos se repiten juntos, ¿podemos afirmar que uno causa necesariamente el otro?

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Sexto Empírico y la incertidumbre: el valor de suspender el juicio

En los artículos anteriores vimos cómo Sócrates convirtió el reconocimiento de la ignorancia en el punto de partida del conocimiento y cómo Epicteto enseñó a distinguir entre aquello que depende de nosotros y aquello que escapa a nuestro control. Sexto Empírico propone una tercera forma de relacionarnos con la incertidumbre: no apresurarnos a elegir una respuesta cuando las razones disponibles no permiten hacerlo.

Su propuesta puede parecer incómoda en una época en la que se espera que tengamos una opinión inmediata sobre casi todo. Sin embargo, el escepticismo de Sexto no consiste en negar la verdad ni en desconfiar sistemáticamente de cualquier conocimiento. Consiste en investigar, comparar argumentos y aprender a suspender el juicio cuando ninguno resulta claramente superior.

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Epicteto, los estoicos y la incertidumbre: cómo vivir con lo que no controlamos

En el artículo anterior vimos cómo Sócrates convirtió el reconocimiento de la ignorancia en el punto de partida del pensamiento. Saber que no sabemos es una forma de humildad intelectual, pero también plantea una pregunta inevitable: ¿qué hacemos después? ¿Cómo debemos vivir y decidir cuando el mundo sigue siendo incierto?

Epicteto y los filósofos estoicos ofrecieron una respuesta profundamente práctica. No intentaron eliminar la incertidumbre ni prometieron una forma perfecta de anticipar el futuro. Su propuesta fue otra: aprender a distinguir entre aquello que depende de nosotros y aquello que no. En un mundo cambiante, esa distinción podía convertirse en una forma de serenidad.

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Sócrates y la incertidumbre: el valor de saber que no sabemos

La incertidumbre no nació con la estadística moderna ni con la teoría de la probabilidad. Mucho antes de medir el azar con números, los seres humanos ya tenían que tomar decisiones, defender ideas y elegir caminos sin disponer de certezas completas. La filosofía nació, en parte, para enfrentarse a preguntas difíciles y universales como estas: qué podemos conocer, cómo debemos actuar y cómo convivir con la incertidumbre.

Con este artículo comenzamos una nueva serie dedicada a explorar cómo distintos filósofos han reflexionado sobre la incertidumbre y qué podemos aprender de ellos para mejorar nuestras predicciones y decisiones. Empezaremos por uno de los más influyentes: Sócrates.

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Ernst Bloch y la predicción: el “todavía-no” del futuro

Cuando pensamos en predicción, lo habitual es imaginar datos, modelos y probabilidades. Intentos de reducir la incertidumbre para tomar mejores decisiones. Pero hay una cuestión más profunda: ¿de dónde nace realmente esa necesidad de anticipar el futuro?

El filósofo Ernst Bloch ofrece una respuesta sugerente: el ser humano no vive solo en el presente, sino proyectado constantemente hacia lo que aún no existe. Antes de calcular escenarios, ya imaginamos posibilidades. Antes de construir modelos, ya vivimos orientados hacia el futuro.

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