La vida funciona gracias a moléculas diminutas que no vemos, pero que trabajan constantemente dentro de las células. Algunas transportan sustancias, otras aceleran reacciones químicas, otras envían señales y otras ayudan a construir tejidos. Entre todas ellas, las proteínas ocupan un lugar central.
Una proteína es una molécula formada por una cadena de piezas más pequeñas llamadas aminoácidos. Podemos imaginar los aminoácidos como las letras de un alfabeto químico. Al combinarse en distinto orden, forman cadenas diferentes. Pero en biología no basta con conocer la secuencia de esas “letras”. Lo decisivo es la forma que adopta la cadena cuando se pliega en el espacio.
Esa forma tridimensional determina qué puede hacer una proteína. Si encaja con otras moléculas, si participa en una reacción, si transporta una sustancia o si está relacionada con una enfermedad depende, en gran parte, de su estructura. Por eso, durante décadas, una de las grandes preguntas de la biología fue: si conocemos la secuencia de aminoácidos de una proteína, ¿podemos predecir su forma?
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