Reseña del libro «El cisne negro»

Introducción

El Cisne Negro, publicado en 2007 por Nassim Nicholas Taleb, es un libro que explora uno de los conceptos más influyentes de la última década: la idea de que los eventos raros, inesperados y de enorme impacto —los llamados cisnes negros— son los verdaderos motores de la historia. Taleb, matemático, inversor y filósofo del riesgo, sostiene que lo que desconocemos es mucho más importante que lo que creemos saber, y que nuestra incapacidad para comprender probabilidades extremas nos deja peligrosamente expuestos a estos fenómenos.

La relevancia del libro quedó demostrada solo un año después de su publicación, con la crisis financiera global de 2008. Un evento improbable, devastador y posteriormente “explicado” con aparente claridad: el ejemplo perfecto del cisne negro que Taleb había advertido. Desde entonces, su obra se ha convertido en una referencia imprescindible para entender la fragilidad de los sistemas financieros, tecnológicos y sociales. Y hoy, en una época marcada por pandemias, disrupciones tecnológicas y volatilidad geopolítica, el mensaje de Taleb es más actual que nunca.

A lo largo del libro, Taleb desarrolla su argumento en tres grandes bloques: primero, analiza por qué nuestros cerebros interpretan mal la probabilidad y el riesgo; después, examina la profunda incapacidad humana para predecir en entornos complejos; y finalmente, expone cómo incluso los “expertos” se equivocan sistemáticamente y qué podemos hacer para reducir nuestra vulnerabilidad ante estos eventos imprevisibles.

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“Siempre lo supe”: el engañoso poder del sesgo retrospectivo

Finalizamos hoy nuestra serie dedicada a Pensar rápido, pensar despacio hablando de uno de los sesgos cognitivos más insidiosos: el sesgo retrospectivo, o como solemos decir coloquialmente, el “ya lo sabía”.

¿Cuántas veces has escuchado —o dicho— frases como “era obvio que iba a pasar”, “se veía venir” o “yo ya lo intuía”? Después de que algo ocurre, nuestra mente tiene una habilidad casi mágica para convencernos de que lo habíamos previsto. No se trata de arrogancia (aunque a veces se parezca), sino de una ilusión cognitiva: una reconstrucción engañosamente coherente del pasado.

¿Cómo funciona el sesgo retrospectivo?

El sesgo retrospectivo consiste en sobreestimar nuestra capacidad de haber predicho un evento una vez que ya conocemos su desenlace. En otras palabras, una vez que algo ha ocurrido, nos parece que era más predecible de lo que realmente era.

Kahneman y Tversky lo demostraron en múltiples experimentos. En uno de ellos, los participantes debían estimar la probabilidad de distintos desenlaces históricos o políticos. Cuando algunos de ellos conocían el resultado real, tendían a asignarle una probabilidad mucho mayor que los que no lo sabían. El conocimiento del desenlace no sólo cambia lo que pensamos, sino lo que recordamos haber pensado.

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El yo que vive y el yo que recuerda: ¿quién toma realmente las decisiones?

Continuamos con nuestra serie de posts en la qual exploramos las ideas clave del libro “Pensar rápido, pensar despacio” de Daniel Kahneman. Hoy hablaremos de uno de los descubrimientos más fascinantes de la psicología conductual: la existencia de dos versiones de nosotros mismos. Una que vive los momentos, y otra que los recuerda.


O, como lo plantea Kahneman, el yo que experimenta y el yo que recuerda. Dos yos que comparten cuerpo, pero no siempre cuentan la misma historia.

Dos yos, una sola vida

Imagina que vas de vacaciones. Durante una semana disfrutas de la playa, de la comida y del descanso. Pero el último día, justo antes de volver a casa, pierdes el móvil y discutes con tu pareja. Cuando te pregunten cómo fueron las vacaciones, ¿qué dirás?

Probablemente no hablarás de los siete días agradables, sino de “lo mal que acabaron”. No lo dirá tu yo que vivió la experiencia, sino tu yo que recuerda. Ese yo, nos explica Kahneman, no es el mismo que vivió el viaje.

  • El yo que experimenta vive en el presente. Siente placer, dolor, aburrimiento o entusiasmo segundo a segundo. Pero desaparece con el paso del tiempo: lo que vivió no queda grabado tal cual.
  • El yo que recuerda, en cambio, es el narrador de nuestra historia. Es quien selecciona, edita y archiva los momentos que formarán “nuestra vida”. Es el que escribe el relato que luego llamamos “mis vacaciones”, “mi relación” o “mi trabajo”.

El problema es que este narrador no es fiel a los hechos. Tiene sus propias reglas.

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Por qué sobreestimamos los tiburones y subestimamos los cocos: el poder del sesgo de disponibilidad

Continuamos con esta serie de post donde exploramos las ideas clave del libro Pensar rápido, pensar despacio de Daniel Kahneman —una obra fundamental para entender cómo pensamos, decidimos… y, por extensión, cómo predecimos— y hoy hablaremos de uno de los sesgos más sutiles, pero también más poderosos: el sesgo de disponibilidad.

¿Qué es el sesgo de disponibilidad?

El sesgo de disponibilidad es la tendencia que tenemos a juzgar la probabilidad o frecuencia de un evento según la facilidad con la que recordamos ejemplos de él. En otras palabras: cuanto más fácilmente recordamos algo, más probable nos parece que sea.

No estimamos con datos, sino con nuestros recuerdos y éstos —como bien explica Kahneman— no son un registro fiel del mundo, sino un archivo sesgado por la emoción, la atención y los medios.

Un ejemplo clásico del libro

Kahneman y Tversky realizaron un experimento muy revelador: preguntaron a un grupo de personas si, en inglés, hay más palabras que empiecen por la letra K o más palabras que tengan la K como tercera letra.

La mayoría respondió que hay más palabras que empiezan por K, porque es más fácil recordar ejemplos como kite o king que pensar en palabras con K en la tercera posición (make, bake…). Sin embargo, la respuesta correcta era la contraria: hay más palabras con “K” en la tercera posición (¡3 veces más!).

El problema no es la falta de inteligencia, sino el mecanismo del Sistema 1, el pensamiento rápido e intuitivo: confunde “lo fácil de recordar” con “lo frecuente en el mundo”.

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El ancla invisible que distorsiona tus predicciones

Continuando con la serie de posts donde exploramos las ideas clave del libro Pensar rápido, pensar despacio de Daniel Kahneman —una obra fundamental para entender cómo pensamos, decidimos… y, por extensión, cómo predecimos— hoy hablaremos de uno de los sesgos más persistentes y difíciles de detectar: el sesgo de anclaje, esa pequeña “ancla” mental que, sin darnos cuenta, tira de nuestras estimaciones hacia números que en realidad no tienen nada que ver con la realidad.

¿Qué es el sesgo de anclaje?

Kahneman y Tversky descubrieron que, cuando las personas deben estimar un valor —por ejemplo, el porcentaje de países africanos en la ONU o el precio de una casa—, sus respuestas se ven fuertemente influenciadas por un número cualquiera presentado antes, aunque ese número sea totalmente irrelevante.

En uno de los experimentos más famosos del libro, los participantes giraban una ruleta trucada que sólo podía detenerse en el número 10 o en el 65. Luego se les preguntaba:

“¿Qué porcentaje de países africanos pertenece a la ONU?”

Los que habían visto el número 10 daban estimaciones en torno al 25%, mientras que los que habían visto el 65 decían alrededor del 45%.

El número aleatorio —que no tenía ninguna relación con la pregunta— ancló sus juicios.

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Por qué perder duele más que ganar (y cómo ese sesgo arruina tus predicciones)

En esta serie de posts estamos explorando las ideas clave del libro “Pensar rápido, pensar despacio” de Daniel Kahneman, una obra fundamental para entender cómo pensamos, decidimos… y, por extensión, cómo predecimos.

Hoy hablaremos de una de las fuerzas más potentes (y más invisibles) que guían nuestras decisiones: la aversión a la pérdida.

¿Qué es la aversión a la pérdida?

Kahneman y Tversky descubrieron que perder duele más que alegra ganar.
Dicho de otro modo: si perder 100 euros nos causa un nivel de malestar de “-10”, ganar 100 euros no nos produce una alegría de “+10”, sino más bien de “+5”.

Esta asimetría emocional hace que evitemos pérdidas incluso cuando hacerlo nos lleva a decisiones irracionales.

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Por qué pensamos rápido (y a veces mal) y despacio (y mejor)

Con este post inicio una serie en la que exploraremos algunas de las ideas clave de Pensar rápido, pensar despacio, de Daniel Kahneman. Un libro que no solo nos ayuda a entender cómo funciona nuestra mente, sino también cómo podemos mejorar nuestras decisiones y predicciones.

El descubrimiento fundamental: dos sistemas en una misma mente

Kahneman nos propone una metáfora muy útil: pensar en nuestra mente como si tuviera dos sistemas distintos de procesamiento de información.

  • Sistema 1: rápido, intuitivo, automático.
  • Sistema 2: lento, deliberado, analítico.

No son estructuras físicas del cerebro, sino formas de describir cómo procesamos la información.

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Reseña del libro «Pensar rápido, pensar despacio»

Introducción

Pensar rápido, pensar despacio es un libro publicado en 2011 por el psicólogo Daniel Kahneman (Tel Aviv, 1934 – Nunningen, 2024), profesor emérito en la Universidad de Princeton y galardonado con el Premio Nobel de Economía en 2002, junto a Vernon Smith. Su mayor aportación, desarrollada junto con Amos Tversky, fue la Teoría de las perspectivas, que muestra cómo los individuos toman decisiones en contextos de incertidumbre alejándose de los principios de la probabilidad, recurriendo a atajos mentales o heurísticos.

En esta obra, Kahneman sintetiza décadas de investigación sobre cómo pensamos y decidimos, presentando de manera accesible la existencia de dos modos de pensamiento: el Sistema 1, rápido, automático e intuitivo; y el Sistema 2, lento, deliberado y analítico. La peculiaridad es que la mayor parte de las veces no somos conscientes de cuál de ellos domina nuestras decisiones.

El libro se organiza en tres grandes bloques: en el primero se explica el funcionamiento de los dos sistemas de pensamiento; en el segundo se analizan los sesgos y heurísticos que nos llevan a errores; y en el tercero se aborda cómo tomamos decisiones bajo incertidumbre, incluyendo la teoría de las perspectivas y la distinción entre el yo que experimenta y el yo que recuerda.

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Cómo hacer un post-mortem de tus predicciones

Para concluir la serie de posts donde hemos analizado y reflexionado sobre conceptos e ideas del libro Superforecasting: The Art and Science of Prediction, en esta entrada hablaremos de la práctica del post-mortem: una herramienta que nos ayudará a mejorar nuestras futuras predicciones a partir de hacer las “autopsias” de nuestras predicciones pasadas.

Cuando lanzamos una predicción sobre el futuro, el tiempo se convierte en juez.
La fecha llega, el evento ocurre (o no) y ya no hay incertidumbre. Entonces aparece un momento crítico que a menudo pasamos por alto: el análisis post-mortem.

Un post-mortem es la autopsia de una predicción ya caducada. No se trata solo de comprobar si “acertamos” o “fallamos”, sino de contrastar nuestra estimación con el resultado real y, sobre todo, de sacar conclusiones que nos hagan mejores pronosticadores.

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¿Cómo saber si tus predicciones son buenas?

Esta entrada, como las anteriores, parte de una idea clave del libro Superforecasting: The Art and Science of Prediction de Philip Tetlock y Dan Gardner. Allí se insiste en que hacer predicciones no es solo cuestión de acertar o fallar, sino de aprender a evaluar la calidad de nuestros juicios para mejorarlos con el tiempo.

Y para mejorar, primero hay que medir.
¿Medir qué exactamente?
👉 La calidad de tus predicciones.

En este post te presento tres conceptos clave para evaluar predicciones, especialmente si te interesa convertirte en un autèntico superforecaster:

  • Calibración
  • Resolución
  • Métricas cuantitativas como el Brier Score o el MAPE
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