En los artículos anteriores hemos visto distintas maneras de enfrentarse a la incertidumbre. Sócrates nos enseñó a reconocer nuestra ignorancia, Epicteto a aceptar lo que no controlamos, Sexto Empírico a suspender el juicio y Al-Ghazali a desconfiar de las conexiones causales que creemos observar.
Santo Tomás de Aquino aporta otra respuesta: no todo lo que creemos se sostiene con el mismo grado de certeza. Algunas afirmaciones pueden demostrarse, otras solo resultan probables y otras quedan fuera del alcance de la razón humana. Gestionar la incertidumbre consiste, en buena medida, en aprender a distinguirlas.
Razón, fe y límites del conocimiento
Santo Tomás de Aquino vivió en el siglo XIII, en un momento de recuperación de la filosofía de Aristóteles en la Europa medieval. Su gran proyecto intelectual consistió en mostrar que la razón y la fe no tenían por qué ser incompatibles, siempre que se reconociera el ámbito propio de cada una.
Para Tomás, la razón humana puede conocer muchas cosas a partir de la experiencia y del razonamiento. Sin embargo, no puede abarcar toda la realidad. Algunas verdades pueden demostrarse; otras solo pueden defenderse con argumentos probables; y otras pertenecen al terreno de la fe.
Esta distinción es importante porque evita dos extremos. Por un lado, la pretensión de que todo puede conocerse con certeza. Por otro, la conclusión escéptica de que nada puede saberse. Entre ambos extremos existe un amplio terreno de conocimiento parcial, probable y revisable.
Prudencia ante un futuro incierto
La filosofía de Tomás no se ocupa únicamente del conocimiento teórico. También intenta explicar cómo debemos actuar cuando no podemos prever con seguridad las consecuencias de nuestras decisiones.
Aquí aparece la prudencia, una virtud práctica que permite juzgar qué conviene hacer en circunstancias concretas. La prudencia no proporciona reglas infalibles ni elimina el riesgo. Exige considerar la experiencia, las condiciones presentes y los posibles resultados antes de elegir.
Una persona prudente no espera disponer de certeza absoluta para actuar, pero tampoco decide de forma impulsiva. Intenta adaptar su juicio a la evidencia disponible y reconoce que las situaciones humanas son cambiantes.
Esta idea resulta especialmente relevante para la predicción. Muchas decisiones no pueden aplazarse hasta disponer de información perfecta. Debemos actuar con un conocimiento incompleto, procurando que nuestra confianza no sea mayor que las razones que la sostienen.
El futuro, la contingencia y la libertad
Tomás distingue también entre lo necesario y lo contingente. Un acontecimiento contingente es aquel que puede suceder o no suceder. Las decisiones humanas, los cambios políticos, los accidentes y muchos fenómenos naturales pertenecen a este ámbito. Curiosamente en política de gestión persupuestaria existe el fondo de contingencia que es una reserva económica obligatoria para financiar necesidades imprevistas.
Que algo sea contingente no significa que carezca de causas. Significa que esas causas no determinan necesariamente un único resultado. El futuro humano permanece abierto porque intervienen múltiples circunstancias y decisiones libres.
Esto plantea un problema teológico: si Dios conoce el futuro, ¿cómo pueden nuestras acciones ser libres? Siguiendo en parte a Boecio, Tomás sostiene que el conocimiento divino no causa nuestras decisiones ni las vuelve necesarias. Dios conoce los acontecimientos contingentes como contingentes, mientras que nosotros los afrontamos desde nuestra limitada posición temporal.
Más allá de su dimensión religiosa, esta reflexión deja una idea útil: conocer o predecir un acontecimiento no equivale a producirlo, y la existencia de regularidades no convierte todos los resultados en inevitables.
¿Qué diría un bayesiano?
Santo Tomás y el pensamiento bayesiano pertenecen a tradiciones muy distintas, pero comparten el rechazo de una visión binaria del conocimiento. No todo se divide entre certeza absoluta e ignorancia total.
Un bayesiano expresa esa zona intermedia mediante probabilidades. Parte de una creencia inicial, valora la evidencia y actualiza su confianza cuando aparece nueva información. Tomás no utiliza este lenguaje matemático, pero también distingue entre demostración, opinión probable y aquello que la razón no puede establecer por sí sola.
La principal diferencia es que el bayesianismo ofrece un procedimiento formal para modificar creencias. Tomás propone una clasificación filosófica de los tipos de conocimiento y una virtud práctica —la prudencia— para decidir bajo condiciones imperfectas.
Podríamos decir que el bayesiano intenta medir cuánto debemos creer, mientras que Santo Tomás se pregunta qué tipo de fundamento sostiene cada creencia y hasta dónde puede llegar la razón.
Conclusión
Santo Tomás de Aquino no intenta eliminar la incertidumbre, sino poner orden en nuestra relación con ella. Nos invita a distinguir entre lo que puede demostrarse, lo que solo resulta probable y aquello que excede nuestro conocimiento.
Su pensamiento complementa bien al enfoque bayesiano. Las probabilidades permiten graduar y actualizar nuestras creencias; la prudencia tomista recuerda que debemos decidir de acuerdo con la evidencia disponible, sin exigir certezas imposibles ni presentar como seguro aquello que solo es probable.
La lección podría resumirse así:
No todas nuestras creencias merecen la misma confianza. Pensar bien exige saber qué podemos afirmar, con qué fundamento lo hacemos y qué parte de incertidumbre permanece todavía abierta.
